viernes, 21 de diciembre de 2018

LA MAGIA DE MIS BASTONES




 Cuando, hace ya más de una docena de años, decidí y pude hacer realidad mi viejo sueño de cruzar el Pirineo de mar a mar, enfrentado a la cruda realidad de unas piernas genéticamente poco dotadas y huérfanas del duro entrenamiento que requiere la superación diaria de grandes desniveles, recurrí al uso de bastones para poder enfrentarme al reto.

Desde el primer día que los agarré, pude percibir la magia que de ellos emanaba. Como las espinacas a Popeye, los bastones me trocaron, casi de la noche a la mañana, en casi todo un campeón, capaz de casi cualquier empresa, al menos en lo que a travesías montañeras toca.

Los bastones me permitieron, como los polvitos mágicos de Campanilla, volar en poco más de un mes por lo más alto del Pirineo, desde el Cantábrico de Baroja al Mediterráneo de Serrat, descubriendo la belleza y la magia de pueblos, collados y valles que difícilmente tengan parangón en nuestro país.

Pero, además, los bastones me dieron algo que yo no esperaba y que, pasado el medio siglo, se valora enormemente: salud. La salud es también una magia cuando vamos alcanzando esos estadios de nuestra vida en los que cada vez va siendo más fácil no tenerla. ¡No hay cómo perder algo para valorarlo! Ningún deporte, medicina o dieta alimenticia, me ha proporcionado el bienestar y la salud que me da la practica habitual de ejercicio con mis bastones.

Y, por si fuera poco, en un momento de mi vida en el que la acumulación de años me rinde cada vez más inútil y poco capaz de hacer algo por los demás, los bastones me han proporcionado la mágica oportunidad de poder transmitir a otros esa magia que les permita mejorar su salud, recuperar un poco la alegría de vivir, practicando un deporte sencillo, equilibrado, completo, económico, válido para todos y para todo, que no necesita un tiempo o espacio especial. Mis 65 cursos de iniciación y mis más de 2000 alumnos, han sido fruto de esa magia.

De modo que, así los veo. Ahí, durmiendo la noche en el paragüero, esperando, como yo, que llegue el nuevo día, para volver a disfrutar juntos de su magia. Para volver a volar agarraditos los dos, como decía María Dolores Pradera, esos diez kilómetros de cada día, olvidados de mis años, saludando a otras gentes que disfrutan, como yo, de la magia de sus bastones, agradecido por la oportunidad de haber mejorado algo sus vidas. Y es que, al final del día, eso es lo mejor que te da la vida: la magia de poder hacer un poco más fácil y agradable las vidas de quienes se cruzan en tu camino.

Feliz Navidad.  Disfruta de la magia de tus bastones y transmítela a tus seres queridos.  ¡Que Dios os bendiga!

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